El aumento de las expectativas de vida del ser humano ha tenido repercusiones en distintos planos -cada uno de ellos con una complejidad particular- pues tocan áreas no siempre fáciles de interrelacionar en la práctica.

Podemos afirmar -sin pretender ser exhaustivos- que las áreas que se ven comprometidas son: la familiar, la social y la de los servicios socio-sanitarios, pues una vida más prolongada implica mayores y más atenciones a las personas que llegan a la vejez, especialmente a aquéllas que padecen disminuciones físicas o psíquicas, o cuya edad es demasiado avanzada como para desenvolverse sin asistencia.

En el ámbito familiar encontramos que en las décadas de los 50/60, la mujer tenía un rol muy específico y limitado. La mayoría cumplía funciones en el hogar y eran pocas las que tenían la posibilidad de realizar estudios universitarios o que decidían incorporarse a la actividad laboral. Por ello, las personas que ahora transitan la década de los 70 años, se ven sometidas a cambios muy profundos, no sólo en lo relativo a adelantos científicos, tecnológicos, educativos, culturales, etc., sino también al ritmo vertiginoso en el que estos suceden.

Hacerse la idea de que las cosas se descartan por caducidad en apenas meses, o que costumbres que durante generaciones se ciñeron a determinadas normas, hayan pasado a ser excluyentes o discriminatorias, no es algo fácil de asimilar para muchos mayores y toca a la familia manejarse con las dificultades que implican las distancias y  las diferencias derivadas de la brecha generacional.

Una vida más prolongada trae consigo consecuencias que impactan de distinta manera y que han implicado un reacomodo en las familias, en las instituciones y en las políticas de estado.

Décadas atrás la expectativa de vida superaba escasamente los 50 años. Las personas morían bastante jóvenes, bien a consecuencia de situaciones normales, como un parto, una lesión grave; o más frecuentemente, a causa de enfermedades infecciosas para las cuales aún no existían los tratamientos adecuados. El aumento en la expectativa de vida, por el contrario, ha traído como consecuencia el incremento de enfermedades degenerativas, las cuales aparecen en edades avanzadas.  Por ello, es frecuente encontrar mayores que padecen de Párkinson, de arteroesclerosis, diabetes, Alzheimer; además de trastornos emocionales, como la ansiedad, la depresión, etc., que están desatendidos o que no tienen la atención adecuada dentro de la familia. En este sentido, nunca será suficiente el esfuerzo que se dedique a prestar una atención especial a las personas mayores, sea a través de la familia o de instituciones.

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