Tristeza y depresión son dos términos que no están claros para la mayor parte de la gente, debido a la forma en que se ha generalizado su uso.  Nos hemos acostumbrados a escuchar decir “deprimido”, para hacer referencia a una persona que tiene “tristeza” y en la práctica,  ha pasado a ser un calificativo sustituto de tristeza. Tal ha sido la distorsión que se ha producido, que en los casos de personas -como los adultos mayores- que suelen pasar por estados depresivos (incluso severos), no es extraño oír hablar de tristeza, de allí que es importante que dichos términos se utilicen de manera correcta, porque es lo más conveniente.

La tristeza es una respuesta natural frente a una situación desafortunada, que puede tener diferentes motivos, como frustraciones, desilusiones, experiencias dolorosas o negativas. Por ello, es inevitable que pasemos por períodos bastante frecuentes de tristeza a lo largo de toda la vida y eso es algo totalmente normal. Para hablar de tristeza, en primer lugar, debemos conocer cuál es el problema, cuál es el hecho que ha repercutido en la persona para que ésta se sienta mal. A continuación, debe procederse a buscar una solución que permita cambiar el estado anímico de la persona. Asimismo, hay que indagar sobre el momento en que ocurrió el evento; es decir, si se trata de un hecho reciente y si las circunstancias en que se produjo implican necesariamente, un grado de sufrimiento, de dolor. La tristeza es entonces, un dolor pasajero, motivado por circunstancias reales y objetivables.

La depresión es en cambio, una enfermedad  que en muchos casos amerita tratamiento con medicación y asistencia psiquiátrica o psicológica. En la depresión siempre hay un hecho que se relaciona con una pérdida y la imposibilidad de recuperar a la persona o cosa perdida. Puede estar desencadenada por hechos relativamente recientes o estar relacionada con hechos remotos, que la persona no pudo “procesar” o elaborar. La depresión puede aparecer a cualquier edad, pero es común que los adultos mayores sufran de ella, porque están más expuestos a situaciones de pérdidas importantes -y más particularmente- a las actitudes que asumen frente a situaciones de la realidad, como: pérdida o muerte de familiares y amigos, jubilación, enfermedades o discapacidades que se presentan con el aumento de la edad y que implican algún tipo de deterioro físico o mental; o también, como consecuencia de la anticipación negativa, la cual es un tipo de pensamiento que suele estar vinculado a la soledad y a los problemas familiares, económicos y sociales que afectan profundamente a los adultos mayores.

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