Aunque comúnmente nos referimos al duelo como el dolor que produce la pérdida de un ser querido, el duelo está relacionado con diferentes situaciones de pérdida, como la terminación de una relación afectiva, la pérdida de una condición laboral o social, un cambio de vivienda, entre otros. Todo duelo supone, entonces, un trabajo mental complejo para dominar las sensaciones o sentimientos que produce la pérdida, ya que la acumulación de éstos puede resultar en una condición complicada. Frente a un duelo, algunas personas pueden quedar incapacitadas durante períodos bastante largos. Se estima que el proceso de duelo puede alcanzar hasta dos años.

Cuando la respuesta al duelo no es lo esperable, las personas corren el riesgo de padecer enfermedades somáticas o psiquiátricas, lo cual se conoce como “duelo no resuelto”. Está científicamente comprobado que un duelo no resuelto puede aumentar el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, llevar a una depresión severa y a una pérdida importante del deseo de continuar viviendo, que puede ser manifestada explícitamente o estar representada por conductas o actitudes en la vida cotidiana que incluyen la ansiedad, la rabia, la irritación o la pérdida de interés o de entusiasmo. Los estudios revelan que en el caso de los viudos, la probabilidad de muerte durante el primer año de duelo puede llegar a un 50%.

Todo el proceso del duelo se conoce como “trabajo de duelo” y se han establecido varias fases por las cuales se atraviesa:
a) Fase de negación, durante la cual la persona se niega a sí mismo o a su entorno, que ha ocurrido la pérdida.
b) Fase de enojo, indiferencia o ira, que está representada por un estado de descontento por no haber podido evitar la pérdida y se buscan razones que la justifiquen, o se recurre al sentimiento de culpabilidad.
c) Fase de comprensión, durante la cual se intenta analizar los motivos que ocasionaron la pérdida, aunque no se le encuentre una justificación. Luego, surge el sentimiento de dolor y tristeza por la toma de conciencia real por la pérdida. Es entonces, cuando pueden ocurrir episodios depresivos que si no ceden con el tiempo, ameritan de la intervención médica y psiquiátrica.
Finalmente, la pérdida se asume como inevitable, irreversible y lleva implícita la conclusión de que aceptar no es olvidar.
Ser comprensivos y tolerantes con nuestros mayores en situaciones de pérdida, debe ser un compromiso personal y familiar. Facilitar el acompañamiento profesional en los casos de duelo puede aliviarle al adulto mayor y a sus familiares, situaciones complejas y difíciles de manejar.

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