La cantidad de artículos publicados desde la década de los 90 sobre la “calidad de vida”, da testimonio de la creciente importancia que está adquiriendo este tema en la actualidad. Sin embargo, es importante destacar, que existen diferentes enfoques con relación a lo que significa tener una buena calidad de vida, o una buena vida.

Los criterios para evaluar el estado de bienestar de una persona, o un colectivo, son diversos:   el nivel de consumo, el bienestar material, la satisfacción de las necesidades básicas, o el estado de salud física, entre otros. El concepto de calidad de vida relacionado fundamentalmente con la salud, o con la ausencia de enfermedad ha ido variando con el tiempo; la OMS (Organización mundial de la salud) la define como “…la percepción del individuo de su posición en la vida en el contexto de la cultura y sistemas de valores en los que vive y en relación con sus objetivos, expectativas, estándares y preocupaciones” (1994).

En efecto, hay aspectos importantes que contribuyen a hacer valiosa y agradable nuestra vida, relacionados con nuestra inteligencia, nuestra afectividad y con la manera en que nos percibimos a nosotros mismos y a nuestra situación, en el contexto social en que vivimos. Por ejemplo, el grado de satisfacción que experimentamos en los diferentes ámbitos de relación con nuestra familia, con las amistades, con las actividades que realizamos, con los proyectos, con nuestro sistema de valores, en fin, con las condiciones subjetivas de nuestra existencia, son elementos que determinan nuestro bienestar en cualquier etapa de nuestro desarrollo.

En el caso específico de los adultos mayores, la realidad no tiene porqué ser diferente, si asumimos que la vida es un continuo en el tiempo, y que cuando ingresamos a la “Mayoría de Edad”, no entramos en una dimensión separada e independiente de nuestra propia vida; sino todo lo contrario, significa que tenemos la suerte de disfrutar un tiempo en el que podemos aprovechar nuestra experiencia personal para vivir mejor: darle la importancia debida a cada cosa, relativizar lo que en otros tiempos nos producía desazón o excesivas preocupaciones, detenernos a pensar en nosotros y en nuestros deseos, crear proyectos ilusionantes, por pequeños que sean; en fin, gozar de la vida con lo que sigue teniendo de bueno y no tan bueno, pero con una distancia saludable ante lo que nos acontece.

Nunca es fácil vivir y aprender al mismo tiempo, eso forma parte de la naturaleza humana, vivimos una sola vez los acontecimientos más importantes de nuestra existencia: ser hijos, ser jóvenes, ser padres, y ser abuelos, eventualmente. Pero de todos modos, hay un tiempo para cada cosa en cada etapa de nuestra vida, y lo que nos va quedando son los recuerdos, las vivencias, las sensaciones, los aprendizajes, la experiencia, incluso las imágenes. Todo ello nos lleva a una verdad irrefutable: podemos seguir aprendiendo y sacándole partido a la vida, siempre.

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