Hace unas semanas vi un programa televisivo en el cual una periodista conversaba con unos invitados acerca de temas relativos  a los adultos mayores. Durante el espacio, presentaron las respuestas que daban jóvenes y adultos, respecto a los ancianos, o adultos mayores.

Independientemente de las respuestas de los entrevistados, lo que llamó la atención a uno de los invitados, fue la formulación de la pregunta, pues ésta entrañaba, en sí misma, una idea equívoca, al dar por hecho que la gente mayor -desde un punto de vista sociológico- estaría considerada como un colectivo desagregado del conjunto de la sociedad.

Esto me llevó a pensar en la dificultad que solemos tener los seres humanos en tomar consciencia, que en la adultez, somos, al mismo tiempo, el niño, el adolescente y el joven que fuimos. Esta realidad, sabida desde la razón, a veces nos resulta difícil asumirla desde el corazón.

Por el contrario, el futuro es lo que nos falta por vivir, y cuando ya hemos llegado a la adultez, nos inquieta saber que vamos transitando hacia la última etapa de nuestra vida. Quizá esa sea una de las razones por la cual nos resulta difícil conectar con los adultos mayores con verdadera empatía, y optamos por lo menos perturbador.

La brecha generacional nos coloca frente a esta realidad con la distancia suficiente para no sentirnos parte de ese ciclo vital, y ver a los adultos mayores como un sector desagregado del resto de la sociedad, sin anhelos o inquietudes que les son propias. Esto nos lleva a suponer, erróneamente, que sus intereses se reducen a la satisfacción de sus necesidades básicas: que su casa esté limpia, que alguien se ocupe de suministrarles sus medicamentos según prescripción médica, tener  quien los acompañe a salir al parque o a caminar para ejercitar su cuerpo o hacer las compras, o ir al médico, etc.

Sin embargo, podemos experimentar todo lo contrario cuando nos acercamos dispuestos a establecer una genuina comunicación con ellos; descubrimos otras necesidades tan importantes o quizá más importantes que las mencionadas,  vinculadas a su universo espiritual, intelectual y afectivo.

Quizá estas necesidades se han ido desvaneciendo en la conciencia del propio adulto mayor, porque hay un convencimiento compartido por el resto de la sociedad, en el sentido que esta última etapa de nuestra  vida está marcada por un deterioro y debilitamiento progresivo de la capacidad para generar ilusiones, proyectos personales, anhelos de superación, de seguir aprendiendo, en fin,  de todo eso que nos permite mantener una buena “calidad de vida”.

Deja tu comentario