La soledad es una mala compañía para las personas que llegan a adultos mayores, quienes deben hacer un esfuerzo para asumir los cambios que van produciéndose con el paso del tiempo. Esto  los obliga a reorganizar la vida para poder adaptarse a las nuevas situaciones que presenta la realidad.

Dejar de trabajar, por ejemplo, implica para muchas personas no sólo una desconexión social, sino también la pérdida de una íntima satisfacción, dada por el distanciamiento de sus compañeros o colegas de profesión y del entorno en el cual se manejaron, probablemente durante años. Esto puede tener mucha significación para quienes han vivido su experiencia laboral como una forma de participación social.

De igual modo, la generación actual de mujeres adultas mayores, muchas de las cuales han trabajado en las tareas del hogar, como esposas, madres y abuelas, encargadas de asistir a sus hijos en el cuidado de sus nietos, sienten que el paso del tiempo trae consigo un paulatino deterioro de las facultades físicas y psíquicas que no les permite continuar con el ritmo de vida acostumbrado. El abandono de las actividades que acostumbraban realizar, se traduce en una disminución de la autonomía, de la autoestima… lo cual suele inducir a un paulatino aislamiento y soledad cuando se llega a la ancianidad.

Si bien es cierto que la soledad es un fenómeno que puede darse en cualquier momento de la vida, no es menos cierto que las personas mayores están más expuestas a experimentarlo. Los cambios tan vertiginosos que se producen en la sociedad actual promueven la marginación del adulto mayor o del anciano que siente cómo disminuye la posibilidad de establecer o mantener la calidad de las relaciones interpersonales, sociales y familiares acostumbradas.

Sin embargo, la soledad no es una condición destructiva en sí misma, ya que las personas muchas veces necesitamos desvincularnos de nuestro entorno para estar “con nosotros mismos”; en este sentido, “estar solos” es una práctica saludable que permite reflexionar, revisar aspectos de nuestra vida y tomar decisiones importantes. Pero cuando un adulto mayor o un anciano “se siente solo”, siente un vacío y busca refugio en pensamientos e imágenes recurrentes que forman un círculo vicioso y dañino que abre las puertas a la depresión o al aceleramiento de procesos degenerativos, lo cual podría llevarlo a un estado de total dependencia.

Cuando estar solo no es una elección, la soledad es una “mala compañía” porque trae consigo abatimiento, tristeza, sentimiento de exclusión, aislamiento, y sobre todo, un sin sentido de la propia existencia. Los mayores sienten la necesidad de hablar y de ser escuchados empáticamete, porque están muy apegados a sus recuerdos y viven el futuro con apatía y desesperanza. Y si bien es cierto, esos sentimientos no generan síntomas llamativos, van horadando silenciosamente el ánimo y la estima personal, poniendo en peligro la estabilidad emocional que es la base de todo bienestar.

No tener con quién compartir sus vivencias, sus temores, sus carencias, como así también sus logros y alegrías, por pequeñas que parezcan, debilitan la voluntad y reducen notablemente los niveles de energía para mantener un bienestar físico, emocional y social.

One Response so far.

  1. JUAN MELEAN dice:

    estar o vivir acompanado, no quiere decir necesariamente vivir con alguien, puede ser, tener relaciones permanente con personas, con institcionanes y realizar actividades

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